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Si alguien me preguntara alguna vez porqué soy Socorrista le contestaría:

Soy Socorrista porque el cansancio, el hambre, el frío y hasta el peligro que entraña el servicio de emergencia no se comparan con la inmensa satisfacción de haber salvado una vida.

Porque soy un instrumento de Dios en la Tierra; mi servicio al prójimo no es una carga, por el contrario, tengo el enorme privilegio de servir al humano caído en desgracia, a cambio de la recompensa más grande: el haber cumplido con mi deber y la misión que Cruz Roja ha depositado sobre mis hombros en servicio de la Humanidad.

Porque creo y estoy convencido de que todavía existen personas capaces de hacer el bien en forma desinteresada, y por ello amo a Cruz Roja, aprecio y admiro a mis compañeros y me enorgullezco de mi querida corporación.

Porque no puedo cejar en mi esfuerzo, tengo el deber moral de continuar con mi servicio en nombre de todos aquellos compañeros que han caído en cumplimiento del deber. A cada guardia llegaré como si fuera mi primer día cubriendo emergencias, con ese mismo entusiasmo y alegría.

Porque no existe sueño más dulce ni descanso más profundo que el que se produce por el agotamiento de una guardia de horas de servicio intenso, yendo y viniendo en la ambulancia, cargando camillas, rescatando, salvando, atendiendo y auxiliando a todo aquél que ese día necesitó de nosotros.

Sí, soy Socorrista porque aún cuando la carga de los años, el cansancio de la edad o la enfermedad me impidan continuar en el activo, al escuchar la sirena de una ambulancia, mi pecho vibrará de emoción y no podré evitar que mis ojos se humedezcan de nostalgia, y pediré a Dios: "Señor protégelos, guíalos con bien, cuídalos, van a salvar una vida. Permite que lo hagan y haz que retornen a su base sanos y salvos, en su hogar hay alguien que los espera".

29S Miguel García Conde, Del. Pachuca. Publicado en Revista Cruz Roja Mexicana.

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